domingo, 28 de junio de 2015

Sobre la puesta en escena de Romeo y Julieta.


Es difícil hablar de algo que todavía vive en el corazón, y siento viva la tragedia de Romeo y Julieta ahora mientras hago parte del grupo de personas en la historia de la humanidad que han tenido el placer de representarla.
La puesta en escena en la que participo, cuya pretensión es acercar a nuestra realidad temporal y cultural las palabras de Shakespeare, el inventor de lo humano, me ha obligado en varias ocasiones a centrar la atención no en la obra en sí, sino en aquello que resuena en mí, los lugares de mi pasado que traen a colación ciertas frases o escenas específicas.
Necesariamente en la famosa escena del balcón, que en nuestra versión es la escena del muro, no puedo evitar recordar con extrañeza, mi primer amor adolescente, y las promesas gastadas a la Luna, la necesidad de hacer los momentos eternos y la imposibilidad de resistirse al sentimiento o esconderlo al menos; la llamada apremiante a ofrecerlo todo, a darlo todo y tenerlo todo, y el sentido de irrealidad que dejaba atrás tanta felicidad junta una vez se terminaban las noches o se colgaba el teléfono después de una conversación de horas.
He hecho mías en estas funciones las palabras de Julieta, y siento cercana a mi y a mi experiencia del enamoramiento, su duda que se ve empequeñecida frente al desbordante sentimiento, su entrega y su madurez, extraña en una niña de 14 años.
Siento que al menos en mí, la magia ha funcionado, la puesta en escena ha logrado su objetivo, ha contribuido a regar en mí las semillas de la autoobservación, me ha recordado una experiencia propia y ha ayudado a resignificarla; ha acercado a mi realidad las palabras de un inglés de hace 400 años que supo desentrañar la esencia del amor adolescente y que ahora resuenan en mi con gran poder evocador.

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