domingo, 24 de enero de 2016

En el sereno centro del caos.

Que cosa extraña esto de pararse a pensar en medio del torbellino. Te acostumbrás a la rutina de Kansas hasta que una mañana cualquiera abrís los ojos y el tiempo te embiste a toda velocidad en la tierra de Oz; te das cuenta que eras vos el que no se movía, que eras vos el que acumulabas días para dejarlos pudrir. Esa sacudida violenta que impone un exilio obligado de lo cotidiano planeado, de las agendas acordadas, de las tareas pendientes, de la cómoda y aburrida rutina, te obliga a dejarlo todo con un dejo de alivio, te sentís liberado de la gran responsabilidad de desear y controlar. Ahora solamente te queda agarrarte de lo que aprendiste, respirar, disfrutar el viaje de lo inesperado, sin esa pretensión de estar listo, pues es imposible prepararse siquiera para lo que nunca se ha soñado. Te sostenés de lo que podés, una que otra cosa familiar, un camino de baldosas amarillas, conceptos conocidos en pleno proceso de resignificación; ¡que va!, en últimas sabés que tenés que buscar al mago farsante para que te recuerde que ya fuiste los suficientemente valiente para construirte un corazón y una mente nueva. Al final no querés estar ni aquí ni allá, y prorrogar mucho tiempo el viaje en torbellino, quedarte en el sereno centro del caos, en el corazón del tornado que te transporta.

lunes, 5 de octubre de 2015

El huevo está quebrado.

Siento el aire en mis pulmones como si fuera brea, el peso de la respiración es tan insoportable que sólo el afán de cumplir mi promesa y elevar mi voluntad sobre la de los dioses, espectadores divertidos de esta función grotesca, es combustible para empeñarme en vivir.
Son las cinco de la mañana, el sol todavía no sale y la locura, hermana del dolor y de la muerte, se derrama por todo el campo de visión que otrora fuera la barrera de la construcción de mi realidad; uno a uno los ladrillos del lenguaje se resquebrajan y dejan pasar visos de ese algo más que es la cosa misma sin intermediario; de la peor manera posible, experimentando al unísono el culmen del dolor humano mientras mi alma se destruye en todos los círculos del infierno elevo a la mañana que no veré el grito último de la libertad. Soy el único hombre libre, el primero, el último, aquel que vaticinaron los sabios, la meta de los iluminados occidentales.
Mi libertad es la de este segundo, eterno presente que me ancla a la vida y me impide despedirme, en mi se repiten todos los gritos de mi historia, todos las amarguras se mezclan en mi voz y salen a borbotones con la sangre, que tiñe mi cara de escarlata, el color de la monarquía, mi cuerpo no escatima en honores al ego que lo deja de habitar y yo no reparo en agradecimiento a ese vehículo que me permitió ser, estar y alcanzar por fin la cima de mi voluntad.
Ad portas de la iniciación final, me erijo juez de mi mismo y declaro el completo cumplimiento de mi misión, los sorbos de locura que tomé me escuecen, y ese picor se convierte en una música agradable que aplaca como agua fresca la sed de mis heridas. Las endorfinas que segrega mi cerebro incursionan en el campo de lo real real, y se mezclan con lo que fuera yo, y que regresa a la fuente en una bandada de partículas doradas que cantan el final del embrujo, la disolución de Maia.
Heme aquí, yo frente a la muerte, erguido en una sola voluntad, unido bajo el estandarte de imponerme al destino trágico, rescatarme a mi mismo de las delicadas manos de ese monstruo que nos traga a todos. Soy yo ante el tiempo, soy yo ante Cronos desafiante, auténtico hombre valiente, héroe sin miedo, me trepo a su espalda y me fundo en él, lucho conmigo mismo para no devorarme, soy el uroboros, la serpiente que muerde su cola.
Detengo la rueda, el dragón yace muerte sobre mi almohada, y sueña un sueño de muerte; son los estertores de un parto, de adentro viene la fuerza para romper el cascarón, los ladrillos del lenguaje eran las paredes de una tierra vieja, de un huevo, extiendo mis alas y de un solo aleteo me dirijo a la gran madre/padre. Las polaridades que me definían son ahora puntos insignificantes en la trama del tiempo, el ojo sigue siendo el príncipe del mundo, pero ahora ya no hay mundo, ni tiempo.
Soy todo lo que fui y seré, se que no moriré así, veo miles de finales alternativos en miles de mundos diversos que surgen y desaparecen consumidos en el fuego purificador, único elemento creador.
Advierto la sutileza del ensalmo que nos mantiene dormidos. Despierto.
Duermo, y vuelvo a ser yo, pero el huevo está quebrado.

lunes, 27 de julio de 2015

Después de hoy 9 pm.

Mi pueblo es el universo entero. Lo digo en serio, al menos por esta noche quiero que así lo sea, y tomo prestado de los sabios no tan sabios de las órdenes antiguas y nuevas, y del hermético baúl de los secretos que no lo son la visión fractal del todo y la nada. Es decir que para este relato, lo mismo contiene el universo entero que uno solo de mis átomos, y siendo coherente con lo que paso a contarles, que las calles de mi pueblo.
Es de noche mientras camino cuando me asaltan estos pensamientos metafísicos, de cuyo alcance y pureza me permito dudar, teniendo en cuenta mi poca formación en la materia, pero que a veces tomo como algo más que desvaríos de una mente joven y desocupada. 
Los 16° centigrados, que son propiedad inmanente de las noches de mi pueblo, son el caldo de cultivo adecuado para los pasos rápidos y las cavilaciones calmas, mientras camino me gusta sentir el contacto de la suela de mis zapatos con el concreto de las aceras, y extrapolar esa sensación a un sin número de abstracciones sobre lo real, esa pregunta que me duele continuamente y cuya herida es la única que muestro a mis congéneres, no para despertar lástima, sino para averiguar si ellos también la llevan. 
Las aceras de concreto son el límite de mi realidad, aquello que me sostiene, lo más duro que puedo tocar, la cárcel de la que no puedo escapar, una costra más sólida que la propia tierra sobre la que se apoyan. Supongo que cuando la invención humana derivó en la construcción de aceras, pocos se percataron de la raíz malograda de esa necesidad impuesta y de las consecuencias inevitables que tendría un hecho tan simple sobre la creación continua del mundo que llamamos real. 
Supongo que es obvio, que en la medida en que las alas de nuestra mente empezaron a tantear el aire con más confianza y el edificio de conocimientos sobre nosotros y lo que sea que hay allá afuera de nosotros comenzó a ganar altura, se hizo necesario endurecer las bases epistemológicas y al mismo tiempo endurecer las calles sobre las que transitaban los cuerpos que albergaban las nuevas mentes. 
De alguna forma si nos hubiéramos quedado con la versión de nuestras calles llenas de polvo y piedra, los vehículos motorizados perderían en eficiencia, y la velocidad a la que surfeamos la información se vería comprometida, digo esto sólo por esa extraña intuición que me ha acompañado en algunos ocasiones de que todo está conectado.
Tal vez a medida que se resuelva el problema de transporte, y se eliminen por fin los embotellamientos en las ciudades, el conocimiento fluya con mayor rapidez a aquellos a los que todavía elude.  Pero bueno, me desvío, en mi pueblo no se ven muchos trancones y menos a las 9 p.m. que es justo este momento. Que extraño bautizar este ahora con un número, pero imagino que como todo también tiene su lógica profunda y sagrada. 
La luz amarilla de las lámparas del alumbrado público, cuyo funcionamiento desconozco pero no atribuyo a la magia, o al azar, es extrañamente inspiradora, y siempre me deja una sensación de seguridad y protección, aunque a la hora de revisar las evidencias, no es que me hayan ayudado mucho en los atracos que he sufrido. Pero bueno, todo son gajes del oficio de estar vivos, y mucho más los coqueteos de la muerte que se insinúa en cada esquina, con cada adolescente ebrio de dinero y con problemas de conducta.
Cada paso me lleva más cerca de mi casa, y entre más gente y más ruido, más difícil me es concentrarme en los pensamientos extraños que susurran mis pies, por lo que simplemente me dedico a observar y me pregunto si eso no es justo un reflejo fiel de mi situación actual, mucho ruido, mucha furia y confusión. Al frente de una de las casas un celador me ve, y eso me obliga a percatarme de mi mirada, me incomoda tener que cambiarla de lugar y no saber en dónde ponerla. Me molesta tener que alterar la inercia de mi voluntad debido a la fuerza de un desconocido, eso para mi es la definición de violencia. Ese anciano es violento conmigo porque me mira y eso me hace pensar que al observarme también alberga ideas sobre mí, imagina quién soy y para dónde voy.
Lo dejo atrás y a lo lejos diviso otros caminantes que se apresuran a llegar a su destino, igual que yo, siempre ha sido difícil para mi caminar lento, mi paso natural es rápido, y tal vez por eso me pierdo los detalles y sólo veo la versión general de las cosas; eso también se aplica a la forma en la que vivo y creo, no me gusta centrarme mucho en un sólo elemento, prefiero ver cómo ese elemento encaja en el gran entramado, que papel juega en el todo. Supongo que esto también se encuentra en este escrito, en muchos de los instantes que he descrito pude haber usado más palabras; pero no es útil preguntarse por lo que pudo haber sido. Avanzo.
Antes de llegar a mi casa, justo en la esquina, hay un señor que vende comida rápida, es alguien a quién veo a menudo y que nunca saludo, situación que me parece extraña, pero que me empeño en mantener por costumbre. Con él trabaja un tipo de mi edad, pero mucho más grande, lindo y corpulento; pero idiota; supongo que es el precio que tuvo que pagar por su belleza.
Llego a mi casa y saludo a mi gata, en ella está condensado todo lo que me gusta de esta realidad, todas mis emociones positivas se vuelvan en las caricias, los maullidos y los ronroneos. Subo a mi pieza y por alguna razón de esas que no entiendo, un impulso irrefrenable, una intuición extraña, cambio de lugar mi cama y todos los muebles.
Este era mi destino hoy, a este lugar tenía que llegar para darme cuenta de que para dormir, nosotros la clase media del siglo XXI usamos un colchón, una superficie blanda. Todavía no nos atrevemos a construir nuestra realidad en los sueños, todavía tenemos en las noches una posibilidad de contacto con lo más natural, blando e ilimitado. Todavía no somos capaces de ponerle barreras a lo que soñamos, y nos permitirnos hundirnos en las imágenes que nos anteceden y nos suceden sin necesidad de poner orden y fronteras a la experiencia onírica.
Es un tanto liberador saber que los edificios que construyo en sueños no necesitan costras de cemento para mantenerse en pie, y que los hago sobre almohadas de plumas, por lo que al caer no se van a hacer daño.
Para soñar no necesito aceras, el límite de mis sueños es una almohada suave, una frontera deformable, que se adapta a la posición que quiera y que además es cómoda. Supongo que ese es entonces mi destino. Mi meta es llegar a convertir los límites de mi realidad en almohadas, dejar de buscar cimientos seguros, creencias sobre las que apostar mis conocimientos para cambiarlos por delirios sin finalidad pero con mucho contenido.
Después de la furia y el ruido muchos mundos sin tiempo ni espacio definido, creaciones vaporosas de duración inaprensible. Supongo entonces que después de hoy, 9 p.m. debo llegar a algo parecido.

domingo, 5 de julio de 2015

Cuento ácido.

La necesidad acuciante de vaciar sus bolsillos ante la orden tímida del policía que lo observaba con temor, le hizo caer en cuenta de su aspecto amenazante.
Aquel que lo interpelaba con ese dejo de debilidad en la garganta, representaba el límite de la realidad, el agente de la ley que venía en su rescate a infringir el castigo justo y a tenderle un salvavidas para regresar del tártaro desbordado a la cotidianidad consensuada.
Hizo un balance rápido en su mente de las horas anteriores y tranquilizó su consciencia, pues en sus recuerdos no había rastros de sangre, lágrimas o gritos de otras personas.
- Los papeles por favor - Repitió
¿A qué papeles se refería? ¿Había descubierto acaso que llevaba una hoja entera de ácidos en la maleta? A punto de caer en un torbellino de ansiedad provocado por una avalancha de pensamientos dentados sacó su billetera del bolsillo de atrás del jean ceñido y entregó su tarjeta de identificación.
- ¿Se encuentra bien?
¿Por qué le preguntaba eso? ¿Se notaba mucho que estaba luchando por agarrarse a la realidad? ¿O su camisa sucia y sus manos llenas de tierra eran suficientes para hacerlo sospechoso? ¿Debía decirle la verdad, que no estaba bien, que no sabía que era estar bien, y que la dicotomía del bien y el mal era un asunto de vital importancia en esos momentos como para ir respondiendo así no más? Cómo aclarar que el bien era lo que le gustaba y el mal lo que no le gustaba, que el bien se sentía rico y el mal dolía, que todo se reducía a sensaciones y a partir de ahí a un sin número de abstracciones que tenían siempre su ancla en el cuerpo. Además esas dos palabras le servían para organizar el mundo, el mal está afuera y el bien adentro, el bien es caluroso y protector y el mal amenazador y frío. El bien es todo lo que se pueda asemejar a estar dentro del útero y el mal todo lo que está al otro lado; luego el mal hace llorar mientras es ajeno y una vez apropiado se convierte en bien. ¿Cómo le iba a decir que ahora sentía una mezcla de bien y mal, que sentía culpa de transgredir el mandato de permanecer sobrio pero al mismo tiempo su alma se regocijaba en el asombro mismo?
- Si.
Quiso articular algo más luego de ese sí, tranquilizarlo con palabras bonitas, explicarle que sabía que también él estaba fingiendo, que estaba interpretando un papel y que le quedaba bien el disfraz. Le quiso hacer un guiño y confesar que la vida es una ficción, un sueño, una obra de teatro donde todos creen saber cómo vivir, aunque sólo están improvisando. Tocarle el hombro y abrazarlo, y darle el pésame por todas sus muertes, entrar en contacto con esa parte de él que está asustada y que sabe que no sabe nada, con ese niño detrás de todas sus máscaras, con esa alma detrás del uniforme de policía. Pero solo atinó a sonreír y a desviar la mirada, pues supuso que toda la verdad desnuda se derramaba por sus ojos.
- ¿De dónde viene?
¿Qué? ¡Pero qué demonios dijo! Pobre imbécil, qué iba a hacer con esa pregunta tan pesada en una realidad tan débil. ¿De dónde viene?, no sabe, él no vino, él apareció, viene de la nada, es un chispazo incandescente del azar. Supo de él mismo cuándo estaba a medio camino, y no pudo desandar el resto para llegar al principio. Intuye que tiene padres, y que viene de algo superior que ahora está tan lejos que es un otro inalcanzable. Pero tampoco sabe de dónde viene esa intuición, llegó con él y no se ha ido, aunque ha intentado lavarla con la razón. Supone que como es arriba es abajo y que como es padre tuvo que tener un padre, y que como tiene hijos, tuvo que haber sido hijo. Alguien alguna vez le dijo que había matado a su padre y lo había enterrado a pedazos en los templos, pero él no termina de creerlo porque conoce la otra cara de la muerte, sabe que también es una ilusión. Espera encontrar esa respuesta tras el velo de lo real, pero allí no hay nada, allí no hay tiempo ni espacio ni palabras. Le cuentan que su madre fue violada, descuartizada y comida por su padre, y que a veces se aparece en las noches y en los sueños, y que su herencia más grande es justamente la intuición que compite con el legado paterno. Viene de un vientre cálido que era bueno, de un grito espantoso de consciencia separadora, de un alarido que distanció el cielo y la tierra, la luz y la oscuridad, de una daga que fundó la civilización con la primera muerte. Viene de un todo inseparable que se rasgó con un asesinato primordial. Viene de un lenguaje hecho con dientes de dragón que se convirtieron en guerreros Spartai y se mataron entre ellos. Viene de una herencia de sangre y odio divisor necesario para crear la consciencia diferenciadora. Viene de la separación de la fuente, viene de la necesidad que tenía dios de jugar a las escondidas consigo mismo, de la urgencia del universo de mirarse en un espejo.
- Del monte.
Viene de la selva en dónde aprendió a jugar a morderse la cola, en dónde supo que era diferente de los animales, y que la naturaleza estaba para ser cambiada. Que su fin no era natural, que sus medios eran antinaturales y que era un poeta. Allí aprendió que no era un imitador del mundo, sino un creador de realidades con faunas y floras propias. Fue allí que gritó ¡Non serviam! y partió con dolor del paraíso para poblar el mundo.
- ¿A dónde va?
¡Joder! que no tiene ni idea, que le encantan las luces que salen de la boca del policía y el mundo derritiéndose alrededor, el poder leer los pensamientos de su interlocutor, el dilatar y comprimir el tiempo casi a su voluntad, la facilidad de ver tras la máscara al ser humano que le está hablando y la posibilidad de conducir toda su atención a un solo detalle que le dice más que cualquier palabra. Pero ahora tiene qué pensar en cómo actuar, tiene la responsabilidad total sobre lo que dice y lo que hace, cada movimiento suyo lo cuestiona sobre lo que es normal, no sabe qué hacer con sus manos, dónde ponerlas mientras habla, no sabe qué hacer con su mirada, si buscar los ojos del policía o centrarla en otra cosa, ¿Y sus gestos? cómo debe mover los músculos de su cara, ¿debe sonreír?, ¿y qué pasa si cambia el peso de su cuerpo al otro pie? ¿Y si se rasca la nariz? ¿Cómo es que es tan fácil comportarse con normalidad, cómo es qué nunca antes tuvo qué preguntarse estas cosas? ¿Bajo qué programa corría su mente en la cotidianidad y quién lo había escrito? 
- A casa.
Mientras responde recuerda que todavía tiene la billetera en su mano y que debe esperar que a que le regrese su tarjeta de identidad, cosa que se produce inmediatamente después de ese pensamiento. 
- Una requisa.
¿Eso fue una orden? ¿Le estaba pidiendo permiso para revisar lo que llevaba en sus bolsillos? 
- Abra el bolso por favor. 
Una alarma se disparó en su mente, pero fue inmediatamente silenciada por la seguridad de que nada malo iba a pasar, y que el policía ni siquiera iba a mirar dentro de la maleta con excesiva suspicacia. Apenas la abrió, fingiendo la mayor tranquilidad posible el policía le dijo que dejara así y que se fuera. 

Camino a casa se sorprendió de miles de detalles que nunca había visto, el verdor más intenso de algunas hojas de los árboles, el azul de las montañas lejanas que se degradaba hasta fundirse con el del cielo a esa hora del día, el movimiento continuo de un sinnúmero de bichos bajo la yerba, la canción de los árboles mecidos por el viento y la quietud negada a dónde quiera que miraba. Todo se movía, todo era diferente a cada segundo, no había nada que permaneciera estable, incluso las rocas parecían estar llenas de vida y vibración. Quiso buscar la quietud una vez llegó, y se sentó en medio de la sala a respirar. Quiso meditar, y le fue más fácil aquietar su mente. En ese estado de repente se vio a si mismo escribiendo esta historia, mucho tiempo antes frente al computador de su estudio. 


domingo, 28 de junio de 2015

Soy digno de mi.

Desde los pantanosos terrenos de la razón, señora regente, usurpadora del trono:

Elevo mi voz contaminada, contagiada de ciudad, de propaganda y control social, para limpiarla.
Mi voluntad, única, refulgente al sol, está dispuesta a dar la batalla por mi consciencia. Soy digno de mi.
La mesa está servida, durante años he alimentado a la bestia, me hice uno con ella y sus metas fueron mis metas, sus caminos mis caminos y sus pensamientos mi cárcel. Mi frustración el plato fuerte.
Al buscar una salida de la realidad consensuada no estaba huyendo de la bestia, le estaba buscando la cara para verla frente a frente, universo contra universo.
Llega el momento en que me pregunto si los hallazgos han valido la pena, si la soledad ha sido un precio justo por ganar mi derecho a desnudar mi rostro frente al espejo.
Luchar es perder el tiempo, el juego está amañado, si apuestas contra el orden imperante te conviertes en su servidor más fiel. Si miras desafiante en los ojos de la bestia te conviertes en un engranaje de su maquinaria. Escojo mirarla sin juicio en mis labios y asombro en mis ojos.
Erguido frente a los robóticos ojos, cubierto del asfixiante aroma citadino, contaminado por su comida y su mandato ponzoñoso, ejerzo con absoluta liviandad mi soberana voluntad.
Renuncio a luchar con mis pensamientos, los acepto todos como lo que son, vestidos prestados con los que tapar mi desnudez.
Saludo con placer desbordado la imagen desprovista de sentido, completamente inútil, inservible que me devuelven los ojos que son mi espejo; los callejones de la razón no son más mi tablero de juego. Renuncio al mundo para construirme un alma.
No reconozco enemigo alguno, soy todo lo que es.
Escojo jugar como niño, reir como niño y llorar como niño, cantar y bailar.

Un otro una mañana

Con la pesadez de la mañana extrañamente ausente, Carlo se quitó las cobijas de tajo y las arrojó al piso, se incorporó violentamente y desnudo como estaba corrió hasta el cuarto de baño, del que no lo separaban muchos pasos. Abrió la ducha y se puso directamente bajo el agua, sin siquiera tantear con el pie la temperatura. El estremecimiento por el choque frío le hizo recuperar momentáneamente la cordura cotidiana y por poco alejarse del chorro, pero la fuerza que lo había invadido se impuso y lo obligó a soportar el baño junto a la presencia lejana de un otro, primerizo en su cuerpo.
Esa especie de locura matutina era superior a cualquier momento que pudiera recordar en dónde su voluntad ganara a la inercia diaria, por lo que descartó que fuera él quién imprimiera la fuerza suficiente para hacer lo que muchas veces había planeado. Sin espacio casi para hacerse preguntas, y con la mayoría de sus pensamientos ateridos, se abandonó completamente a la sinrazón, que en esos instantes lo obligaba a vestirse rápidamente, y a bajar las escaleras corriendo para darle de comer al gato, tarea que hizo con una atención inusitada y una limpieza de movimientos tal que parecía como si fuese la primera vez que usara sus manos para coordinarlas con las tensiones sutiles del cuello, los pies y la cadera.
Cada acción ejecutada, generaba un continuo asombro que ordenaba a su mente adherirse a explicaciones místicas o historias orientales que explotaban sin reparo en los resquicios cada vez más cerrados del otrora inabarcable presente. Cuando dejó de pensar, tal como había leído en un libro de meditación, vio a su mente cual lobo domesticado, con la cola entre las patas replegada en una esquina en espera de ser llamada, y a su cuerpo liberado del peso de años de tormento danzar en cada movimiento.


Sobre la puesta en escena de Romeo y Julieta.


Es difícil hablar de algo que todavía vive en el corazón, y siento viva la tragedia de Romeo y Julieta ahora mientras hago parte del grupo de personas en la historia de la humanidad que han tenido el placer de representarla.
La puesta en escena en la que participo, cuya pretensión es acercar a nuestra realidad temporal y cultural las palabras de Shakespeare, el inventor de lo humano, me ha obligado en varias ocasiones a centrar la atención no en la obra en sí, sino en aquello que resuena en mí, los lugares de mi pasado que traen a colación ciertas frases o escenas específicas.
Necesariamente en la famosa escena del balcón, que en nuestra versión es la escena del muro, no puedo evitar recordar con extrañeza, mi primer amor adolescente, y las promesas gastadas a la Luna, la necesidad de hacer los momentos eternos y la imposibilidad de resistirse al sentimiento o esconderlo al menos; la llamada apremiante a ofrecerlo todo, a darlo todo y tenerlo todo, y el sentido de irrealidad que dejaba atrás tanta felicidad junta una vez se terminaban las noches o se colgaba el teléfono después de una conversación de horas.
He hecho mías en estas funciones las palabras de Julieta, y siento cercana a mi y a mi experiencia del enamoramiento, su duda que se ve empequeñecida frente al desbordante sentimiento, su entrega y su madurez, extraña en una niña de 14 años.
Siento que al menos en mí, la magia ha funcionado, la puesta en escena ha logrado su objetivo, ha contribuido a regar en mí las semillas de la autoobservación, me ha recordado una experiencia propia y ha ayudado a resignificarla; ha acercado a mi realidad las palabras de un inglés de hace 400 años que supo desentrañar la esencia del amor adolescente y que ahora resuenan en mi con gran poder evocador.