domingo, 30 de septiembre de 2012

Aguacero.

No.

Si.

No... si.

Tal vez..

Indecisión, bocanadas de luz.

Decepción, esperanza, quizás, tal véz, no se. ¿Será?

Ya es, aceptación, rechazo, no puedo esperar más. Ardor. No se si lo quiero ahora, si lo querré después. Ahora un noseque escapa a mis palabras, no se deja encarcelar en mis definiciones, en los límites de mis espacios, ajeno a mi. Retumba, eco. Será, tal vez, no se, avalancha, desesperación, certeza de lejanía, no es tal vez, lo se. Amor, bum. Estalla, cae, desaparece, miedo a la soledad, miedo a estar acompañado. Terror, función maquinal para destripar vísceras.

Espera, esperanza, fuego, lluvia... quizás, tal vez, no se.

Esperar esperanza.

Espera.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Juego.

Mi generación no habla de si misma, no conoce gregarismos y ha estado acá desde el origen de los tiempos.  Mi generación odia que la llame mi generación e incluso escapa de cualquier agrupamiento temporal, huye de los paréntesis y de las fechas consentidas. Mi generación no tiene un año específico, no busca salvar el mundo ni arrreglar lo que los de antes o después nos dejaron. No quiere rehacer nada, nisiquiera busca impedir que se termine de dañar algo.
Mi generación no es mi generación, está ansiosa por ver al mundo acabar, desconfía de revelaciones y finales, está ausente de peleas ideológicas y de batallas por libertades. Mi generación entiende que lo que es debe ser, desconoce el bien y el mal, huye de puntos finales y verdades últimas.
Mi generación no busca ninguna salvación, no le interesa iluminarse, ni encontrarse, ni entenderse... mi generación huye de las palabras, se esconde de las perras negras que la limitan, mi generación es asesina, benévola y hambrienta, rica, opulenta y superficial, mi generación no es nunca la misma. Mi generación cambia a cada segundo y se traga el tiempo, porque mi generación ha estado acá siempre.
Mi generación es la generación a la que no importa nada, aquella que vive porque está viva, aquella que siente porque puede sentir y aquella que odia encerrarse en abstracciones.  Mi generación construye castillos en el aire por el solo placer de verlos caer. Mi generación es la generación que juega, que ha jugado y que seguirá jugando.

viernes, 27 de julio de 2012

Cura para el insomnio.

De repente le asaltaban los recuerdos y todas las calles se oscurecían, las ventanas se cerraban y el ruido desaparecía.
Había sido muy difícil para Julián superar aquella noche, y todavía no había aprendido a vivir con los flashbacks que lo atormentaban en el lugar y el momento menos esperado.
La noche aquella del suceso traumático, Julián salió a pasear su perro, tenía insomnio desde hacía dos semanas y trataba de evitar a toda costa tener que enfrentarse al continuo trasegar de un lado de la cama al otro, su perro era víctima de su desespero, queriendo o no le tocaba acostumbrarse a un paseo a incómodas horas de la madrugada en el que ni ganas de cagar sentía.
Eran más o menos las 3 de la mañana y ambos estaban sentados en una de las bancas de un parque bajo una lámpara titilante, el frío preparador del rocío se filtraba por las aberturas del pijama de lana y al respirar un vaho visible elevaba una bruma fantasmal desde sus narices.
Un aullido en la lejanía despertó los ladridos del compañero canino, ladridos que se convirtieron en llanto y en un impulso irrefrenable de huir. Julián, extrañado por el comportamiento de su perro, más no asustado se quedó divisando el paisaje espectral que se iluminaba y apagaba con la lámpara, unos árboles en la lejanía que se confundían con el negro horizonte, detrás de las casas de ventanas cerradas, unos pequeños arbustos que parecían dormir a lo largo del sendero, una mariposa nocturna gigante y con ojos saltones que se posó sobre la banca justo a su lado, otra mariposa gigante y peluda encima de los arbustos, otra mariposa de pesado vuelo que cruzó su campo de visión y de la nada un ejército de mariposas oscuras con ojos brillantes que parecían mover el aire bajo sus cargadas alas, un torbellino de olores putrefactos bajo sus extremidades velludas.
Centenares de asquerosas figuras voladoras con antenas gruesas que desfilaban frente a sus ojos cargando sobre si el cadáver de un ciervo de cuernos gigantes.
Una imagen que impedía el movimiento y la sensación repentina de ser observado por miles de ojos de mariposas asesinas con la certeza de no poder contarlo jamás.
Una sombra impenetrable que se extendía desde las raíces de los árboles lejanos y el sonido de cuernos rastrillando el suelo junto con el aleteo sincronizado de las alas aterciopeladas que empezaban a rodearlo  hizo caer en cuanta a Julián que ya no tenía salvación. Rezar era inservible, esas criaturas no venían del mismo dios. Con lágrimas brotando de sus ojos y un grito apagado en la garganta se rindió a la muerte más extraña que jamás pudo haber imaginado, iba a ser devorado por mariposas.
Un ladrido tímido acercándose, y un aleteo conjunto cambiando de dirección, un ladrido más fuerte y cercano, un chasquido de dientes rasgando un pesado terciopelo volador y de repente el instinto de autoconservación y la adrenalina invadiendo sus venas. Una carrera hasta su apartamento y la sensación de que todo había sido un mal sueño.
Nunca volvió a ver a su perro, los días siguiente durmió como bebé.

martes, 24 de abril de 2012

EL CONDE DE SAINT-GERMAIN A bordo del Prince of Wales, 15 febrero


EL CONDE DE SAINT-GERMAIN
A bordo del Prince of Wales, 15 febrero
He conocido estos días al famoso conde de  Saint-Germain. Es un caballero muy serio, de
mediana estatura, pero de apariencia robusta y vestido con refinada sencillez. No parece tener más
de cincuenta años.
En los primeros días de la travesía no se acercaba y no hablaba con nadie. Una noche que me
hallaba solo en la cubierta y miraba las luces de Massaua, apareció junto a mí de improviso y me
saludó. Cuando me hubo dicho su nombre creí que se trataba de un descendiente de aquel conde de
Saint-Germain que llenó con sus misterios y con la leyenda de su longevidad todo el Setecientos.
Había leído hacía poco, por casualidad, en un magazine, un artículo sobre el conde «inmortal» y no
fui cogido por fortuna desprevenido. El conde mostró satisfacción al darse cuenta de que yo conocía
algo de aquella historia y se decidió a hacerme la gran confidencia.
—No he tenido nunca hijos y no tengo descendientes. Soy aquel mismo, si se digna creerme,
que fue conocido con el nombre de conde de Saint-Germain, en el siglo XVII. Habrá leído que
algunos biógrafos me hacen morir en 1784, en el castillo de Eckendoerde. en el ducado de
Echleswig. Pero existen documentos que prueban  que fui recibido en 1786  por el emperador de
Rusia. La condesa de Adhemar me encontró en 1789 en París, en la iglesia de los Recoletos. En
1821 tuve una larga conversación con el conde de Chalons en la plaza de San Marcos de Venecia.
Un inglés, Vandam, me conoció en 1847. En 1869 comenzó mi relación con Mrs. Annie Besant.
Mrs. Oakley intentó en vano encontrarme en 1900, pero, conociendo el carácter de esa buena
señora, conseguí evitarla. Encontré algunos años  después a Mr. Leadbeater, que hizo de mí una
descripción un poco fantástica, pero en el fondo bastante fiel. He querido volver a ver, después de
unos sesenta años de ausencia,  la vieja Europa: ahora regreso  a la India, donde se hallan mis
mejores amigos. En la Europa de hoy, desangrada por la guerra y alocada en pos de las máquinas,
no hay nada que hacer.
—Pero si las noticias que yo tengo son exactas, usted era ya más que un centenario en 1784,
en la época de su presunta muerte.
El conde sonrió dulcemente.
—Los hombres —respondió— son demasiado desmemoriados o demasiado niños para
orientarse en la cronología. Un centenario, para ellos, es un prodigio, un portento. En la antigüedad,
e incluso en la Edad Media, se recordaba todavía algunas verdades elementales que la orgullosa
ignorancia científica ha hecho olvidar. Una de  estas verdades es «que no todos los hombres son
mortales». La mayoría mueren realmente después de setenta o cien años; un pequeño número sigue
viviendo indefinidamente. Los hombres se dividen, desde este punto  de vista, en dos clases: la
inmensa plebe de los extinguidos y la reducidísima aristocracia de los «desaparecidos». Yo
pertenezco a esa pequeña élite y en 1784 había ya vivido no un siglo, sino varios.
—¿Es usted, pues, inmortal?
—No he dicho esto. Es necesario distinguir entre inmortalidad e inmortalidad. Las religiones
saben desde hace miles de años que los hombres son inmortales, es decir, que comienzan una
segunda vida después de la muerte. A un pequeño número de ésos está reservada una vida terrestre
tan sumamente larga que al vulgo de los efímeros le parece inmortal. Pero así como hemos nacido
en un momento dado del tiempo, es bastante probable que deberemos también nosotros, más pronto
o más tarde. morir. La única diferencia es ésta: que nuestra existencia media en vez de por lustros se
mide por siglos. Morir a setenta años o morir a setecientos no es una diferencia tan milagrosa para
quien reflexiona sobre la realidad del tiempo.
—Ha hecho usted alusión a una aristocracia de inmortales. ¿No es usted, pues, el único que
goza de este privilegio?

—Si vuestros semejantes conociesen mejor la Historia, no se extrañarían de ciertas
afirmaciones. En todos los países del mundo, antiquísimos y modernos, vive la firme creencia de
que algunos hombres no han muerto, sino que han sido «arrebatados», esto es, desaparecen sin que
se pueda encontrar su cuerpo. Estos siguen viviendo escondidos y de incógnito o tal vez se han
adormecido y pueden despertarse y volver de un momento a otro. Vaya a Alemania y le enseñarán
el Unterberg cerca de Salisburgo, donde espera desde hace siglos, en apariencia adormecido,
Carlomagno; el Kyffháuser, donde se ha refugiado, esperando,  Federico Barbarroja; y el
Sudermerberg que hospeda todavía a Enrique el Asesino. En la India le dirán que Nana Sahib, el
jefe de la sublevación de 1857, desaparecido sin dejar rastro en el Nepal, vive todavía escondido en
el Himalaya. Los antiguos hebreos sabían que al  patriarca Enoch le fue evitada la muerte; y los
babilonios creían la misma cosa de Hasisadra. Se ha esperado durante siglos que Alejandro Magno
reapareciese en Asia, como Amílcar, desaparecido en la batalla de Panormo, fue esperado por los
cartagineses. Nerón desapareció sin someterse a la muerte. Y todos saben que los británicos no
creyeron nunca en la muerte del rey Artus, ni los godos en la de Teodorico, ni los daneses en la de
Holger Danske; ni los portugueses en la del rey Sebastián, ni los suecos en la del rey Carlos XII, ni
los servios en la de Kraljevic Marco.
»Todos estos monarcas se hallan adormecidos y escondidos, pero deben volver. Aún hoy los
mongoles esperan el regreso de Gengis Kan.
»Una interpretación plausible de ciertos versículos del Evangelio ha hecho creer a millones de
cristianos que san Juan no murió nunca, sino que vive todavía entre nosotros. En 1793, el famoso
Lavater estaba seguro de haberle encontrado en Copenhague. Pero bastaría el ejemplo clásico del
Judío Errante, que bajo el nombre de Ahas Verus o de Butadeo, ha sido reconocido en diversos
países y en diversos siglos y  que cuenta actualmente más de mil novecientos años. Todas estas
tradiciones, independientes las unas de las otras, prueban que el género humano tiene la seguridad o
al menos el presentimiento de que hay verdaderamente hombres que sobrepasan en gran medida el
curso ordinario de la vida. Y  yo, que soy uno de éstos, puedo afirmar con autoridad que esta
creencia responde a la verdad. Si todos los hombres disfrutasen de esta longevidad fabulosa, la vida
se haría imposible. Pero es necesario que alguno, de cuando en cuando, permanezca: somos, en
cierto modo, los notarios estables de lo transitorio.
—¿Soy indiscreto si le pregunto cuáles son sus impresiones de inmortal?
—No se imagine que nuestra suerte sea digna de envidia. Nada de eso. En mi leyenda se dice
que yo conocí a Pilatos y que asistí a la Crucifixión. Es una grosera mentira. No he alardeado nunca
de cosas que no son verdad. Sin embargo, hace pocos meses cumplí los quinientos años de edad.
Nací, por lo tanto, a principios del cuatrocientos y llegué a tiempo para conocer bastante a Cristóbal
Colón. Pero no puedo, ahora, contarle mi vida. El único siglo en que frecuenté más a los hombres
fue, como usted sabe, el setecientos, y puedo lamentarlo. Pero ordinariamente vivo en la soledad y
no me gusta hablar de mí. He experimentado en estos cinco siglos muchas satisfacciones, y a mi
curiosidad, en modo especial, no le ha faltado alimento. He visto al mundo cambiar de cara; he
podido ver, en el curso de una sola vida, a Lutero y a Napoleón, Luis XIV y Bismarck, Leonardo y
Beethoven, Miguel Ángel y Goethe. Y tal vez por eso me he librado de las supersticiones de los
grandes hombres. Pero estas ventajas son pagadas a duro precio. Después de un par de siglos, un
tedio incurable se apodera de los desventurados inmortales. El mundo es monótono, los hombres no
enseñan nada, y se cae, en cada generación, en los mismos errores y horrores; los acontecimientos
no se repiten. pero se parecen; lo que me quedaba por saber ya he tenido bastante tiempo para
aprenderlo. Terminan las novedades, las sorpresas, las revelaciones. Se lo puedo confesar a usted,
ahora que únicamente nos escucha el mar Rojo: mi inmortalidad me causa aburrimiento. La tierra
ya no tiene secretos para mí, y no tengo ya confianza en mis semejantes. Y repito con gusto las
palabras de Hamlet, que oí la primera vez en Londres en 1594: «El hombre no me causa ningún
placer, no, y la mujer mucho menos.»

El conde de Saint-Germain me pareció agotado, como si se fuese volviendo viejo por
momentos. Permaneció en silencio más de un cuarto de hora contemplando el mar tenebroso, el
cielo estrellado.
—Dispénseme —dijo finalmente— si mis discursos le han aburrido. Los viejos, cuando
comienzan a hablar, son insoportables.
Hasta Bombay, el conde de Saint-Germain no volvió a dirigirme la palabra, a pesar de que
intenté varias veces entablar conversación. En el momento de desembarcar me saludó cortésmente y
le vi alejarse con tres viejos hindúes que se hallaban en el muelle esperándole.


miércoles, 21 de marzo de 2012

Nadie en el espejo.



Un hombre despertó un día, acalorado, empujó sus cobijas fuera de la cama y se puso en pie. Abrió la ventana, se resintió por el sol que golpeaba de frente sus ojos y murió. No es una historia con mucho bagaje, y tal vez no sea interesante, pero la humanidad entera perdió ese día, todos murieron con el hombre de la ventana.
Cayó en el piso, a kilómetros de distancia del más cercano oído atento. No hubo gritos, ni precuelas, no hubo un aviso, no hubo enfermedad o dolor, tan sólo no hubo más. El último suspiro fue cómo todos los anteriores, luego los pulmones se apagaron y el corazón se aburrió de seguir bombeando sangre sucia. El cerebro, un poco aperezado, siguió mandando aquí y allá neurotransmisores y mensajes a todo el cuerpo, luego pareció entender que era mejor jubilarse temprano igual que sus compañeros órganos, no tuvo intención de despertarlos. El hombre comprendió , no pidió a su corazón latir de nuevo, ni a su cerebro enhebrar los pensamientos difusos, tampoco quiso hacer gesto alguno, no vio un túnel, ni la dama oscura llegar por la espalda, no vio más, no sintió más, no olió más.
En el mismo segundo, un hombre parado en la ventana a kilómetros de un oído atento, vio con resignación y hastío, cómo su cara no se reflejaba más en el vidrio.

lunes, 12 de marzo de 2012

Sol

Me convierto en odre seco con el veneno sibilino de esa garganta podrida que me consume en su asqueroso gorjeo. Mil maldiciones no bastan para arrancarme las infinitas raíces encarnadas del pútrido aliento que envaina mi espada y dobla mi rodilla. Nombrarle es la trompeta de mi infierno, a marcha lenta supuran mis poros las odios milenarios del único desdichado.
Fuego, desierto, espina, sequedad, ardor que arde, sed de aire en el segundo agónico, sol de medio día sin nubes. ¿En dónde me escondo? a este desierto de espinas lo dejé sin techo, a merced de un clima caprichoso.
Piadoso eclipse. ¡Por favor!

viernes, 11 de noviembre de 2011

Era otro día.

Amanecía, la niebla, que horas antes había ocultado hasta los techos más cercanos, retrocedía y dejaba estampado en el aire un color rojizo. Afuera iba existiendo de a poco, la realidad ganaba ventaja centímetro a centímetro y las tierras cubiertas de otros mundos se rendían ante la aplastante contundencia de las leyes naturales. La verdad que era adentro y la verdad que era afuera se saludaban en infinito reconocimiento, otra batalla se ganaba, la lucha seguía.
En la habitación, las huellas de un suicidio, de esos cotidianos, contaminaban el momento de un nacimiento, de esos de todos los días, esta vez no había lugar a la duda, las mismas botas grises llenas de barro custodiando las paredes a discreción, las sábanas arrugadas y corridas en la cama del que murió ayer, las ropas que heredarán los nuevos y que seguirán usando los viejos desparramadas con desinterés en donde tuvieron chance de caer. Era otro día.
Los colores también parecían despertar en cada esquina, no había razón para no dejarse ver de nuevo, el sueño ausente seguía en rebelión y el llamado del espíritu ensordecía lo demás.
El mundo se levantó pero era otro día.