sábado, 18 de enero de 2014

Destino

En los paisajes corredizos de la ventana del bus se dibujan mejor los futuros que crea en su cabeza. En el acolchado sillón azul se le hace imposible no hilvanar los recuerdos de una ausencia, que empiezan a brotar a borbotones mientras cruza ciudades y pueblos. Los caminos de la fatalidad lo llevan al encuentro que evitó con todas y cada una de las facultades de la consciencia, y lo sabe, mas no quiere caer en el cliché de ser la víctima de una historia triste, ni en la eventualidad de arreglar algo que en principio no está dañado.
El viaje hasta ahora ha sido placentero, en el bus sólo hay tres pasajeros más y el aire acondicionado los mantiene en una burbuja ajena a las inclemencias del clima que a veces se dejan caer en las visiones de la frontera. Su reflejo en el vidrio lo pone frente a la posibilidad de tener los mismos labios gruesos de aquella que va a encontrar, quizás, o alguna particularidad en los ojos oscuros que comparten por cuestiones de genética. Sabe en el fondo de sus certezas más cuidadas, que la presencia de esa desconocida habría sido tan determinante en su vida como lo fue su ausencia, por lo que tiene que agradecerle a la omisión voluntaria de un oficio natural el que hoy se sienta empoderado frente a su destino. Cada pueblo que desfila ante sus ojos, en ese ronroneo de la ruta se va quedando con sus memorias más dolorosas, en las fachadas de las capillas coloniales pretende dejar impresos pedazos del alma, es un muchacho sensible, un tanto artista dirían los más ácidos comentaristas de su vida.
Mientras cruza la frontera, a sus largos dedos los despoja de dos anillos, quiere impregnar el momento con un tinte ceremonial, pretende llegar limpio, sin adornos, si pudiera cruzaría desnudo; los arroja por la ventana a intervalos irregulares cada que su mente pare un recuerdo: aquella vez en el que su hermana lo encontró llorando bajo la cama en un día de madres, o el día en que su madre biológica le gritó bastardo, la primera y única ocasión en que compartió un espacio con ella. Se acomoda para dormir, pensar no le hace bien, además no sirve para nada, lo que ha de pasar pasará, en el momento preciso tendrá que tomar una decisión alrededor de la cual no vale la pena gastar cavilaciones antes o después, fácil. Cualquier posición que adopta en su cabeza le parece postiza, sabe muy bien que es un gran artista, lo que sea que eso signifique, o que eso es lo que dicen muchos,  que tiene comunicación directa con la muerte según los videntes que consulta, y que está tan alejado del hombre común que desprecia situarse en el lugar de oprimido en su historia.
Dormir en un bus es un estado alterado de la consciencia bastante peculiar, varios sueños irrecordables se suceden mientras uno va y vuelve entre la vigilia y el sopor.
Las razones que lo llevan a abandonar su país para encontrarse con el mar de otra tierra no son importantes, son nimiedades comparadas con la gran carga de palabras que lo buscan.
En el camino fantasea con no tener que llegar nunca, con que no exista puerto alguno en qué atracar, de sus viajes la peor parte siempre es esa, tener que bajarse del bus. Ir, estar yendo, mirar paisajes a través de una ventana, oler el aire de distintas ciudades, sorprenderse con la arquitectura diversa o simplemente tratar de adivinar costumbres tras las caras de los habitantes de esos lugares es bastante divertido. Es extraño como se da cuenta mientras el paseo lo entretiene que siempre quiso que la vida, el destino o lo que fuera, tomara venganza en su nombre, siempre quiso que la muy mentada ley del karma en verdad existiera, que los cuerpos apetecidos de todos sus amantes se rebelaran contra ellos en las horas de su pasión o que las calumnias y habladurías de la gente vulgar se devolvieran a las bocas de donde salieron a dentelladas asesinas.
Así entre pensamientos varios se le va yendo el viaje, le sorprende lo difícil que es concentrarse solamente en mirar por la ventana y el esfuerzo titánico que hay que hacer para traerse de vuelta a la realidad luego de escapar entre ideas, la mente es como una cometa a la que hay que halar cada tanto para que no se la lleve el viento. No se acuerda del momento preciso en que cruzó la frontera, no sintió nada especial al hacerlo, al parecer las fronteras son algo más imaginario que real. Siempre se aferró a la creencia infantil de que al cambiar de país el aire iba a ser diferente, los colores se alterarían o alguna sensación en su cuerpo delataría el tránsito, pero no, el asunto es tan carente de magia como el resto de cosas. Una lástima, se acaba de dar cuenta de que está en otro país por un triste letrero de fondo azul.
El resto del viaje es igual de frustrante, nada nuevo, todo lo que sucede es lo que le puede suceder a cualquier humano normal, siente ganas de orinar, siente ganas de dormir, siente ganas de joder y de fumar.
Bajarse del autobús con un fracaso presentido no es un buen comienzo y él lo sabe, aún así no puede evitar ser lo que en ese momento es con todas las ganas que su voluntad imprime, porque sabe que nada pasa en él que no sea su voluntad, aunque no tiene la menor idea de qué es eso.
En realidad no sabe nada, se atora en la ignorancia de si mismo y le da lidia tener que estárselo recordando cada vez que se siente seguro de algo, pero vale, así es él, un tanto raro. Las calles del nuevo país son iguales a las del viejo, el aire parece ser el mismo, aunque nunca se ha entrenado en ese tipo de cata. A lado y lado de las calles hay casas y edificios, las arquitecturas se actualizan y envejecen a gusto de los propietarios, casas coloniales y magníficos edificios modernos. Teme acercarse de nuevo a la realidad consensuada, a tener que hablar de asuntos terrenales, conocidos y comunes, aborrece la idea de tener que rebajarse a pedirle explicaciones a su madre biológica, pero sabe que antes de ser genio, tiene que ser hombre, y tiene que agotar las experiencias del simio bípedo pensante común.
Las calles están llenas de gente igual con acento diferente, no hay absolutamente ninguna posibilidad de descripción que pueda alejarnos, a ti lector y a mi narrador, del tedio de lo normal. Daniel, él, el protagonista de esta historia se dirige ahora a la casa de su madre, el mapa que tiene es demasiado ajeno a las calles que transita, precisa la ayuda de desconocidos caminantes y la obtiene. Llega a una casa con puerta verde metálica y golpea, golpea, golpea. No obtiene respuesta, golpea, golpea golpea. No obtiene respuesta, golpea, golpea, golpea. Media hora.
Escribe una carta, con todo lo que imaginó decirle frente a frente y da por zanjado este asunto al deslizarla bajo esa puerta verde metálica.


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