viernes, 11 de noviembre de 2011

Era otro día.

Amanecía, la niebla, que horas antes había ocultado hasta los techos más cercanos, retrocedía y dejaba estampado en el aire un color rojizo. Afuera iba existiendo de a poco, la realidad ganaba ventaja centímetro a centímetro y las tierras cubiertas de otros mundos se rendían ante la aplastante contundencia de las leyes naturales. La verdad que era adentro y la verdad que era afuera se saludaban en infinito reconocimiento, otra batalla se ganaba, la lucha seguía.
En la habitación, las huellas de un suicidio, de esos cotidianos, contaminaban el momento de un nacimiento, de esos de todos los días, esta vez no había lugar a la duda, las mismas botas grises llenas de barro custodiando las paredes a discreción, las sábanas arrugadas y corridas en la cama del que murió ayer, las ropas que heredarán los nuevos y que seguirán usando los viejos desparramadas con desinterés en donde tuvieron chance de caer. Era otro día.
Los colores también parecían despertar en cada esquina, no había razón para no dejarse ver de nuevo, el sueño ausente seguía en rebelión y el llamado del espíritu ensordecía lo demás.
El mundo se levantó pero era otro día.


lunes, 24 de octubre de 2011

Recuerdos de un mar que quería ser río.

De los poetas menores en las antologías aprendí que el olvido no existe.
De Borges se que alguien ve una lámpara en el desierto.
Evocaciones de humo y cantos de Djinn perviven lo cerrado.
Adornos nada más, en un cruce de candados, son mis conjuros de tinieblas.

Ese mar que no conozco rebosa copas en el brindis de lo perdido,
pretendo ser río ancho en un cielo azulado, sólo por huir de ser vía láctea
en el espacio vacío y oscuro.

Pero las estrellas no conocen los peces, ni las arenas lo alto,
la esencia prima no ve en lo otro sino con sus ojos,
la hondonada es simple valle para la flor de un cactus.

Cayó en desgracia la luna cuando quiso ver colores, no hay
nada allá afuera que perdure mientras un otro lo mienta,
a las carretas los caminos y a los caminos el polvo.

sábado, 8 de octubre de 2011

Un pequeño párrafo salvado...

-Vale, hemos llegado, ¿y ahora qué?
- Llegamos, es todo.
Sacó la cajetilla de cigarrillos y extrajo con delicadeza el último. Lo llevó lentamente a sus labios y acercó la candela con parsimonia ceremonial. La primera bocanada de humo pareció durar eternidades.
- No me sorprende la derrota. Igual no esperaba nada. Estoy acostumbrado a nadar boca arriba en este mar de mierda. No me malinterpretes, no es que no esté dispuesto a morir, es que no estaba en mis planes hoy. Suponía que iba a conocer el amor... antes... se que suena patético pero de verdad tenía esa esperanza.
- Yo esperaba tener ganas de vivir.
- Creía que me esperaba sin conocerme y yo solía amarlo justo en ese tiempo, ignorando si alguna vez en sueños me había adelantado. En estos momentos debe estar haciendo algo inmaduro, propio de su edad y su tiempo sin mi, cuando lo conozca me va a contar que una noche como estas se acostó con la novia de su mejor amigo, luego nos vamos a reír y yo le voy a decir que esa misma noche estaba pensando en él, tratando de amarlo sin haberlo visto, por esa idea tonta de que el amor no tiene tiempo y que de verdad había escogido estar con él aún sin haber nacido.
- No le encuentro sentido, nacemos y estamos condenados, nos imponen las reglas con las que tenemos que jugar, escogen por nosotros un sistema económico al que encadenarnos, unas referencias morales y unos dioses que nos gobiernen y luego nos echan a la calle como autómatas sobrantes. Luego se aseguran de que sea difícil cuestionar sus mandatos por mas estúpidos que sean, nos obligan a ser fríos con los que no tuvieron suerte, a no sentirnos culpables por la desventura de los demás, a sentirnos sucios cuando hacemos lo que nos gusta y a pedir perdones a diestra y siniestra a figuras de autoridad infladas con los vapores de los que se descomponen en la base. Pero ni siquiera eso me molesta, la verdad, odio no poder ser como ellos, aborrezco no poder aceptar verdades sin más, no poder asegurarme un suelo firme del que no pueda renegar. Odio ir a la deriva tambaleándome mientras todos van seguros a algún lado.
Todos quieren seguir siendo cobardes, es mejor, más fácil. Son repugnantes pero no los puedo culpar, me gustaría tanto ser así, estar seguro de que digo las cosas correctas, pienso lo mejor y actúo tal como se espera de mi. Pero yo se que nada estoy obligado a hacer, que yo soy lo único que de mi hala. No tengo caminos marcados y no puedo decirle a los otros que sus caminos son solo huellas del azar.
- Lo iba a encontrar y le iba a decir que de todas las noches en otros brazos guardaba pedazos de besos para él. Que una vez quise compararlo con algún amor pasajero, porque creí que nunca encontraría unos labios mejores, pero que no pude, que siempre supe que no iba a desear otros labios que los suyos. Un día iba a pelearme con él por su demora, porque me dejó en las manos de muchos que me hicieron daño y porque no se apresuró en venir a rescatarme, lo iba a odiar por un tiempo porque tardó más de lo esperado en  aparecer en mi vida.
- Y de nada sirve pensar todo al final. No vamos a cambiar nada. Siempre lo supe y aún así lo intenté, no porque tuviera esperanza sino justamente por lo contrario, porque sabía que todo lo que hiciera no iba a parar la mole de podredumbre que se arremolina en las ciudades. No hay algo más allá, no hay nada que haga trascender diferente a la memoria de los otros. Ni siquiera es importante lograr algo, o ser recordado. Nunca vas a poder anticipar con claridad las nauseas en las que mezclarán tus palabras.
- Ahora será él quién se quede esperando. No sabrá que envidié a muchos... lo esperé.
- Este es el fin del camino y no hay nada que lo diferencie del principio, los que nazcan de ahora en adelante serán adoctrinados tal como nosotros lo fuimos, cada vez será más difícil que alguno cuestione algo.
- Le voy a contar que alguna vez creí encontrarlo.
- No nos cambió el final, no somos tan diferentes, nos estamos ahogando en el mismo muladar pero tu te empeñas en buscar oro mientras yo digo que la mierda huele mal.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Hoy soy.

Puedo ser predecible, encajar perfectamente en el pedazo de realidad de un presente cualquiera. Estar a la altura de las expectativas de no importa quién, ser tan grande y tan chico, tan suyo y tan extraño como cualquiera quiera que yo sea. No me molestan las cadenas que tantos ponen en mi, ni las definiciones aventuradas que a primera vista escapan de los recién llegados. Me río de los confines de mi universo que parecen vislumbrar con mayor claridad los ajenos, que por cuestiones de azar terminan acercándose más de lo que deberían a esta gigante roja que arde en mis cenizas.
Esquivo con sobrada suerte  las trampas de las miradas malignas que con fingida voz azuzan las sombras que en algunas noches azules se escapan sin querer.
Me burlo de ti, sombra anónima, que intentas asirme con definiciones apresuradas, me divierte tu planeado juego de proyecciones inválidas.
Me encanta tu jaque cuando previenes mi enroque, no auguras en tu bien mi entrega sublime, impecable a la derrota, no entiendes que mi lucha es darme y mi moneda por las dos caras tiene la misma imagen.

lunes, 29 de agosto de 2011

Te conoceré.

Te encontraré.
Será una mañana de Lunes cuando espere que nada pase, será pronto, más pronto de lo que creo.
Sucederá como siempre sucede, tú me verás, yo te veré,  conocerás el polvo acumulado en mis pestañas, y yo adivinaré los infinitos caminos que te trajeron desde esa estrella.
Te romperán mis ojos cansados mientras escudriñan cada fragmento, haré tuya mi mirada.
No habrá tiempo mientras se saludan nuestras dos almas.
Te reconoceré y me reconocerás aunque hayan pasado ya mil años.
Ni tú ni yo creeremos en las verdades metafísicas del todo, esperaremos sentados en las puertas del poema por la única verdad que nos interesa.
Sabremos entonces de un verso cerrado que se descubre solo para nosotros, y seremos el momento tal cuál es.
Los carros, los estudiantes, y los niños estallarán el ruido afuera de la burbuja.
El mundo volverá a nuestros pies y de nuevo, para siempre esta vez, nos conoceremos.

jueves, 25 de agosto de 2011

En coma.




Sabes, a veces creo que estoy en coma en algún hospital que no conozco, y que todo esto a lo que llamo vida no es más que un subproducto de algún fármaco mal administrado.
Me imagino a mi verdadera familia a mi lado esperando a que despierte, claro que luego me imagino a mi familia en este mundo y, no te niego, siento algo así como la tristeza solitaria de dios. Es triste pensar que todo lo que veo lo cree yo.
Luego me pongo a pensar que todos los personajes de este cuento son en realidad uno solo, y que soy tan capaz de actuar como el asesino despiadado que sale en los noticieros o cómo la abuelita abnegada que a pesar de su edad sigue trabajando para sostener a sus nietos.
Pero entonces aparece algo que no está en los planes, o al menos parece no estarlo, es algo que rompe de un tajo esa tela fina de espacio-tiempo neuronal inventado por un moribundo en algún hospital. Sin alerta alguna aparece alguien más, ajeno a toda la historia, totalmente fuera de mi. Entonces como si fueran dos universos que se encuentran por azar, las dos historias de los dos moribundos de otros mundos se empiezan  a mezclar, me atrevo a dar como hipótesis el que las dos camas de los que andan en coma están en la misma pieza y las ondas cerebrales crean interferencia. El asunto es entonces que los dos dioses de sus propios mundos empiezan a ser personajes de otro, pero espera, acá viene lo mejor, ¡eso les agrada!
Al final cuando los dos universos cerebrales colisionan cada escritor deja de crear y se entregan ambos, como locos suicidas, a la voluntad de sus creaciones.